La generación que aplazó su propia vida para cuidar a sus padres
Durante años, la imagen de los jóvenes viviendo con sus padres se ha asociado a dificultades económicas o comodidad. Sin embargo, detrás de miles de hogares colombianos se esconde una realidad mucho más compleja: la de hombres y mujeres que han tenido que posponer sus estudios, renunciar a oportunidades laborales e incluso aplazar su independencia para asumir el cuidado permanente de un familiar enfermo o adulto mayor.
Se trata de un fenómeno que la sociología comienza a identificar como el «nido lleno por obligación», una situación que no sólo transforma los proyectos de vida de quienes la experimentan, sino que también profundiza las desigualdades sociales. Para Víctor Hernández, director del programa de Sociología Virtual de la Fundación Universitaria del Área Andina, el cuidado temprano rompe el orden tradicional con el que normalmente se construye la vida adulta.
«Lo esperado es estudiar, conseguir empleo, independizarse y, muchos años después, cuidar a los padres. Hoy esa secuencia se invierte. Muchos jóvenes empiezan ejerciendo responsabilidades propias de la adultez sin haber podido consolidar primero su autonomía», explica.
Jóvenes que escogen carreras no por vocación sino por cercanía al hogar, que aceptan empleos informales porque necesitan flexibilidad para cuidar, que aplazan un semestre universitario hasta terminar abandonando los estudios o que rechazan oportunidades laborales en otras ciudades porque no existe quién asuma el cuidado de sus familiares.
Según Hernández, el problema resulta especialmente delicado porque ocurre entre los 22 y los 32 años, una etapa decisiva para construir experiencia laboral, redes profesionales y estabilidad económica. Lo que no logra consolidarse durante esos años suele ser muy difícil de recuperar más adelante.Pero el impacto va mucho más allá del desarrollo profesional. El investigador advierte que este fenómeno alimenta un círculo de desigualdad que se transmite entre generaciones.
«Existe una pobreza de la que se habla poco: la pobreza de tiempo. Hay personas que no solo carecen de recursos económicos, sino que tampoco disponen de horas para estudiar, trabajar más o desarrollar nuevos proyectos porque todo su tiempo está dedicado al cuidado de otra persona», afirma.
Mientras los hogares con mayores ingresos pueden contratar servicios especializados o apoyo para el cuidado, muchas familias vulnerables dependen exclusivamente del tiempo de alguno de sus integrantes, una responsabilidad que, según los datos de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo, continúa recayendo principalmente sobre las mujeres jóvenes.
De acuerdo con Hernández, este desequilibrio no responde a una condición natural, sino a factores culturales e institucionales que siguen asignando el cuidado como una obligación femenina. A ello se suma un modelo de protección social que todavía deposita gran parte de esta responsabilidad en las familias, sin suficientes redes públicas de apoyo.
Las consecuencias también empiezan a reflejarse en la salud mental. El estrés permanente, el aislamiento social, la incertidumbre económica y el desgaste emocional de cuidar a un familiar enfermo constituyen factores que aumentan el riesgo de ansiedad y depresión entre los jóvenes.
«No estamos frente a una generación más frágil. Estamos frente a condiciones de vida mucho más exigentes. Cuando el hogar deja de ser un espacio de descanso y se convierte en un lugar donde se trabaja cuidando a otra persona las 24 horas, el impacto emocional es enorme», señala Hernández.
La situación se vuelve aún más compleja cuando esos cuidadores deben asumir procedimientos médicos para los cuales nunca recibieron capacitación. Administrar medicamentos, movilizar pacientes o atender tratamientos especializados son responsabilidades que antes recaían exclusivamente sobre personal de salud y que hoy, en muchos casos, terminan trasladándose al entorno familiar.
En ese escenario, universidades y empleadores pueden contribuir. Hernández considera que las instituciones educativas podrían desplegar programas que acompañen a los estudiantes cuidadores y ofrecerles horarios flexibles, posibilidades de aplazamiento sin penalización. Del mismo modo, las empresas podrían incorporar modalidades de trabajo más flexibles y políticas que reconozcan esta realidad.
El envejecimiento acelerado de la población colombiana hace prever que esta situación dejará de ser un problema silencioso de algunas familias para convertirse en uno de los grandes desafíos sociales de las próximas décadas. Para Hernández, comprender el cuidado como una responsabilidad compartida entre el Estado, las empresas, las comunidades y las familias será indispensable para evitar que una generación siga construyendo el futuro de los demás a costa de renunciar al suyo.

